Interiorismo en psicoanálisis

 

Publicado en Revista Barzón#34 Noviembre 2014 como “Espacios de Terapia”.

 

El psicoanálisis es tan importante en la cultura de Buenos Aires que resulta extraño encontrarse con un porteño que no considere esta actividad parte importante de su vida cotidiana.

Es una práctica que ha tenido un éxito sostenido en los últimos 50 años en una ciudad donde todo pareciera entrar en decadencia.  Y aunque los psicoanalistas intenten justificar los motivos de la trascendencia del análisis en nuestras vidas, ninguna explicación suena del todo concluyente:

 

”Los porteños sufrimos mucho y nos damos mucho lugar para el sufrimiento”.

 

El consultorio de psicoanálisis es un espacio emblemático de Buenos Aires ya que allí los porteños construyen su propia subjetividad y ponen de manifiesto aquellos aspectos de su intimidad que no pueden revelar en ningún otro lado. Sin embargo poco se sabe qué cualidades tienen o deben tener estos ambientes para propiciar esta actividad. Por otra parte, resulta difícil definir la categoría de unos interiores que pertenecen a un espacio indiferenciado entre la vida privada y la existencia pública.

Su particularidad resulta comparable al confesionario ya que ambos comparten una extraña lógica del secreto: cuanto más anónimo es el interlocutor quien a su vez oculta su mirada, más fácil resulta revelar lo que en otro ámbito sería inconfesable.

De esta manera el psicoanalista, junto al cura y al abogado, ocupa el lugar de guardián del secreto. Esta intimidad resguardada podría explicar el hermetismo que existe alrededor de estos espacios.

Por otra parte, el consultorio privado del psicoanalista tiene un rasgo muy singular que lo asocia al mundo íntimo: su familiaridad con el ámbito doméstico. En general son interiores que recrean cierto ideal burgués de confort, comodidad y discreción.

Desde los primeros consultorios psicoanalíticos existe la idea de que el ambiente puede favorecer en el tratamiento si se asocia a la esfera del hogar, en particular al espacio del living o a la sala de estar,  es decir un ámbito donde se realiza una actividad no laboral sino una actividad distendida, como puede ser una conversación familiar.

La geometría diagonal del diván pareciera ser una metáfora de este estado intermedio entre la verticalidad de una silla donde uno se sienta a trabajar y la horizontalidad de la cama donde uno reposa.Esta postura facilita la asociación libre, fundamental para el análisis, ya que impone un estado de reposo y serena concentración en el que la represión se debilita.

Aunque actualmente el diván está más asociado al inconsciente que a sus antiguas referencias, al universo femenino o a la vida ociosa, este llegó al psicoanálisis de manera espontánea. Freud comenzó a usarlo porque se cansaba de tener las miradas de los pacientes clavadas en él.

De todos modos, el uso del diván depende de cada paciente, algunos psicoanalistas consideran que no es conveniente en algunos casos ya que el estado de introspección que provoca puede resultar muy angustiante :

 

“El no ver la cara del otro motiva regresiones más profundas y éstas, en general, provocan gran sufrimiento”.

 

”Hay muchas situaciones en que el paciente necesita fijar la mirada y asegurarse un espacio psíquico”.

 

En la teoría psicoanalítica no encontramos normas precisas sobre el espacio del psicoanálisis sino en la historia lo encontramos librado a la decisión de cada profesional con respecto al tema. Por ejemplo, Sigmund Freud se manejaba con absoluta libertad en los diversos consultorios que tuvo. Su famoso consultorio en Viena y luego recreado en Londres donde se exilia, estaban atiborrados de piezas arqueológicas, además podía estar acompañado por su perro royendo un hueso en plena sesión. También, Anna su hija, utilizaba el consultorio muy libremente, ella se acomodaba a tejer en un telar ubicado por detrás del diván donde se acostaban sus pacientes.

En contraposición, Donald Meltzer, un psicoanalista norteamericano que fue discípulo de Melanie Klein, durante mucho tiempo atendió en un consultorio totalmente despojado donde recibía a sus pacientes con el mismo traje gris ya que estaba convencido que cualquier alteración del espacio del consultorio podía afectar en el tratamiento.

 

En la actualidad y en Buenos Aires la mayoría de los psicoanalistas sostiene que el éxito del tratamiento se basa principalmente en la relación con el paciente:

 

“Hay pacientes que tienen mucha transferencia se los puede analizar en espacios oscuros. Considero que el gusto estético es para el analista”.

 

“Siempre prevalece la relación con el paciente y no el contexto. Porque uno se olvida del contexto, por ejemplo me acuerdo de un paciente que me contó que hizo el amor en eltecho del auto”.

 

Es importante mencionar que en esta ciudad el psicoanálisis no se circunscribe solamente a los consultorios privados.

Desde los años 70 es parte de la salud pública en hospitales monovalentes o polivalentes, e incluso durante la crisis del 2001 ha habido grupos de psicoanalistas que se han acercado a trabajar con grupos en fabricas recuperadas, por mencionar algunos casos.

Puestos a analizar estos espacios es preciso considerar la relevancia que le dan los pacientes o si es posible determinar cómo estarían afectando la salud psíquica de los porteños.

En algunos casos, los consultorios al igual que otros espacios de nuestra cotidianidad se vuelven invisibles. Probablemente porque lo que ocurre en el análisis sucede en otro interior:

 

”El espacio es lo que más tardan en ver los pacientes. Por ejemplo, tengo un perchero que nunca nadie lo usó. Y, un día, quizás a los dos años encuentran un objeto. La percepción está reglada”.

 

Por otra parte, hay pacientes que pueden establecer una sensibilidad muy especial hacia el ambiente. Ya sea por costumbre o porque lo convirtieron en un lugar transicional, hay pacientes que suelen resistirse a los cambios ambientales en los consultorios y es posible que desarrollen una obsesión casi mágica por ciertos objetos que quisieran controlar porque los sienten como propios.

En cualquiera de los casos, el espacio es apropiado durante las sesiones con pequeños y particulares gestos de ocupación que los profesionales observan :

 

”Algunas se acuestan con la cartera , algunos se sacan los zapatos”.

”Tenía una paciente que antes de recostarse se quitaba la blusa para que no se le arrugue”.

”Algunos se sientan en la silla y recuestan el tapado en el diván”.

 

También se puede delimitar el lugar del psicoanálisis al espacio de un dialogo asimétrico y teatral. Ya que se trata de una escena entre dos personas donde uno monologa y otro presta una escucha analítica. Donde además hay una pérdida de la mirada : el paciente se desentiende de la del profesional y este mantiene una expresión neutra, es decir las miradas se evitan para no censurar o intervenir en la asociación libre que realiza el paciente durante la sesión.

Quizás sea esta puesta en escena que se repite diariamente y multiplicado en incontables rincones de la ciudad lo que convierte a este espacio en un lugar emblemático y misterioso de la intimidad porteña.

 

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